Una ciudad no se puede entender sin la interacción de sus habitantes con los espacios públicos existentes, espacios que comprenden calles, plazas o parques con diversas geometrías y usos. Éstos tienen la capacidad de acoger y facilitar las relaciones sociales, cívicas y culturales de distintos grupos, logrando un mayor sentido de pertenencia. 

El deterioro del espacio público conlleva un desgaste de los vínculos sociales y expresiones culturales que existen entre los diversos actores, generando un sentido de desarraigo y una mayor percepción de inseguridad en los mismos. Los espacios públicos dentro de su complejidad y heterogeneidad tienen un mismo objetivo, que implica el sentido de hacer ciudad por y para sus habitantes, favoreciendo el disfrute del espacio urbano a través de experiencias inmersivas. 

El embellecimiento de los espacios públicos debe de involucrar, tanto a las autoridades como a los partícipes de la vida social de una ciudad con el fin de crear y diseñar espacios más habitables. Se debe de apelar a la creación de espacios diversificados para actividades recreativas como: reuniones, juegos, celebraciones, festivales o la simple contemplación de la ciudad desde un espacio seguro para todos los grupos sociales, variados en edad, género y capacidades físicas.

La creación de condiciones espaciales para el disfrute de los ciudadanos en un espacio público crea lazos más estrechos y logra potenciar las diversas interacciones sociales; el confort y el gozo se deben volver prioritarios para propiciar un espacio bien conectado con su entorno urbano y social, evitando la enajenación y el abandono posterior. 

Una ciudad no solo consiste en la creación de vías que conecten o inmuebles que proporcionen alojamiento, en la misma medida implica la creación de espacios públicos donde la escala humana se haga evidente en cada detalle para impulsar el sentido de pertenencia de sus habitantes.